Mi?rcoles, 23 de julio de 2008
Publicado por JJmar @ 21:35
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En la mayoría de países del mundo, ser joven es la más grande de las oportunidades. De acá la frase nostálgica que nos dice: “Juventud Divino tesoro”. Ser joven en un país medianamente desarrollado es tener en las manos una gama de oportunidades de estudio, de trabajo, de combinación de ambas. Ser joven representa tener toda una vida por delante.

 

Pero en nuestro país, que somos especialistas en hacer las cosas al revés, ser joven no abre ninguna puerta, al contrario, pareciera que las cierra. Esta realidad, que se ha venido ignorando por la clase dirigente del país, nos la presenta en toda su crudeza, pero también con toda objetividad, el último Informe de Desarrollo Humano del PNUD.

 

En El Salvador, los jóvenes son el sector de población que tiene el mayor índice de desempleo. Esta situación se agrava por el hecho que en nuestra realidad el estudio no tiene valor ni incidencia en la calidad del empleo. Es asombroso ver como personas con menores estudios tienen acceso a mejores empleos y salarios.

 

¿Cómo es que esto sucede?

 

Resulta que en nuestro país ser joven siempre ha sido delito. En los días de la guerra los jóvenes eran la predilecta carne de cañón a ser reclutados por ambos ejércitos. Nuestra juventud pagó con su sangre los altos costos de la guerra que vivimos durante los años ochenta. En esos días ser joven estudiante era sinónimo de ser sospechoso de ser comunista o terrorista. Muchos jóvenes fueron asesinados, encarcelados o torturados por el simple hecho de caminar por las calles con sus cuadernos y libros en la mano.

 

Hasta hace poco tiempo, el discurso de los políticos sobre la juventud era de considerarla “el futuro del país”. Detrás de esa bonita frase se escondía la tradicional concepción de que los jóvenes no son parte del presente, son el futuro. Ahora el discurso ha cambiado, pero la realidad todavía está esperando. En la práctica, nuestra sociedad y su sector dirigente ignoran la juventud. Muy poco sabemos de la situación de los jóvenes, de sus aspiraciones y problemas. Los políticos solo se acuerdan de la juventud a la hora de pedirles el voto. Pasaron de ser carne de cañón de la guerra, a serlo ahora de las elecciones.

 

Pero como no conocen la situación de la juventud, apelan a su voto con los viejos discursos del período de la confrontación militar y de la guerra fría. Por ello el resultado es la apatía cada vez mayor de la juventud hacia los partidos políticos. El nivel de confianza de la juventud en el sistema electoral y sus instituciones es bajísimo. Como ejemplo de esto último tenemos la cifra de jóvenes que pronto cumplirán 18 años y que anticiparon el trámite para obtener el DUI y poder votar. Menos de 21,000 jóvenes lo hicieron, de un universo de más de 120,000 jóvenes que potencialmente podrían haberlo hecho. En esto tenemos otro mensaje que ojala los políticos seamos capaces de entender.

 

El ignorar a los jóvenes es parte de un proceso mucho mas global, en nuestro país se ignora a los desempleados, a los desposeídos, a los que viven en las colonias marginales, a los ancianos. Se ignora, en general a la población, lo cual se expresa en los deficientes servicios de salud y educación que tenemos. Pero los jóvenes son más susceptibles a esta realidad. Pareciera que los adultos nos vamos acomodando y la marginación se vuelve algo habitual y lo terminamos viendo natural.

 

En nuestro país el que consigue el mejor empleo es el que tiene buenas relaciones, o el que con fidelidad casi canina va ganándose la confianza del patrón. Basta con observar la planta gerencial de las más importantes empresas del país para darnos cuenta que la capacidad y el profesionalismos son excepciones y no la regla. Lo mismo sucede en el sector público en que la fidelidad y la militancia partidaria son el elemento característico del empleado público.

 

Además, en la familia tenemos la tendencia a reflejar y reproducir las conductas sociales, por ello, es común que el joven sea ignorado hasta en el seno de su propio núcleo familiar. Por ello la marginación de los jóvenes tiene consecuencias mayores. El crecimiento de las pandillas juveniles (Maras) es en buena medida consecuencia de lo que hemos señalado.  Cuando el joven llega a la pandilla, muchas veces busca allí lo que en el seno familiar y social se le ha negado.

 

La juventud de mi generación fue revolucionaria, en esos días no se concebía ser joven y conservador. Pero teníamos una esperanza, teníamos ideales y fuimos capaces de construir instrumentos organizativos donde expresar y canalizar esa energía. Las organizaciones revolucionarias de finales de los años sesenta y la década de los setenta fueron hechas por jóvenes inexpertos, con poca o ninguna experiencia pero con grandes ideales.

 

Ahora vemos una juventud conservadora y apática. Cuya máxima expresión no es el joven revolucionario, si no el “emo” al borde del suicidio. Ahora los jóvenes se organizan en pandillas juveniles o se refugian en organizaciones religiosas, especialmente evangélicas. La marginación y la falta de esperanza han destruido el potencial de nuestra juventud.

 

Los partidos políticos les hablan de esperanza, pero los jóvenes saben que no es más que propaganda. Saben que al ganar se olvidarán de ellos. Basta con ver las planillas de empleados de todos los partidos, sin excepción, y veremos las razones de la desconfianza de los jóvenes. Los únicos jóvenes que encontramos de ordenanzas o pisapapeles en el sector público,  son los hijos de los dirigentes políticos o los más leales y gritones de las juventudes partidarias, que se han ganado el empleo a pura pinta y pega.

 

Por ello, si queremos comenzar a cambiar esta realidad tenemos que presentar a la juventud hechos concretos y no mas promesas. Los jóvenes desconfían profundamente de la actual clase política pero siguen con atención los acontecimientos nacionales, quizá en espera de señales positivas que les haga renacer la esperanza. El informe del PNUD y la propuesta de pacto nacional para el empleo podría ser la señal que ellos esperan.

 

Considero difícil lograrlo en un momento pre electoral, pero si no se logra, las promesas electorales serán frases vacías. Si no logramos ponernos de acuerdo en un pacto nacional por el empleo, nadie creerá que las promesas se van a cumplir. Los grandes problemas nacionales requieren soluciones de consenso nacional. La dinámica electoral camina en la ruta de la polarización y la confrontación mientras que las verdaderas soluciones exigen acuerdos y consensos.

 

El pueblo debe juzgar que es lo que los políticos van a privilegiar en los próximos meses: Las Elecciones o Las Soluciones.

 

Ayutuxtepeque, Miércoles, 23 de Julio de 2008.


Tags: Empleo, pacto social, PNUD

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